Los Españoles

Somos más de los que pudiera parecer, pero carecemos de la resonancia que los medios de comunicación ofrecen a los que para su desgracia no han conseguido nacer en Corea del Norte. Como el tal Willy Toledo (Me c… en España y en la Virgen del Pilar), que es el símbolo de la frustración perfecta y el fracaso absoluto de la propia vida. A lo mejor este individuo, y los Trueba, Wyoming, Bardem, etcétera, que se manifiestan como él, piensan que vomitar es un derecho protegido por la libertad de regurgitación. Las redes sociales son su campo de juego y la televisión su masajista. Hasta Jordi Évole, a quien tenía por ecuánime, se lanza contra TVE por sobreimpresionar la bandera española en una esquina, el día de la fiesta nacional, ¡durante un programa para niños!
En realidad, su trauma es que son tan españoles, tan excesivos e intolerantes, que no se aguantan a sí mismos y no saben cómo manifestarlo. Lo siento por ellos; pero hay otros muchos millones que no salimos nunca en los periódicos y que opinamos todo lo contrario. Por lo visto somos unas antiguallas porque sentimos ese indefinible latido en nuestra alma que llamamos patriotismo.


Un sentimiento que antaño nos llevó a empresas tan fantásticas como utópicas e imposibles de mantener por nuestro pobre país, arruinado tres veces sólo durante el reinado de Felipe II, que por lo visto era el inteligente. Cuando luego llegaron sus impresentables sucesores, el caos que provocaron nos arrebató todas las enloquecidas conquistas de los abuelos y nos dejó la única herencia de su orgullo, imposible de embargar por los banqueros de Amberes. Por eso el patriotismo que algunos aún proclamamos, no tiene nada que ver con el anglosajón tan eficazmente conmensurable, rentable y calvinista, sino con el arcaico católico de nuestros derrotados tercios de Rocroi, dispuestos a morir aferrados a su ferocidad llena de escapularios.


No creo que sea cuestión de flagelarnos cada día con los errores y pecados cometidos por nuestros antepasados. A algunos se nos ha secado el grifo de las peticiones de perdón. Así que cada palo aguante su vela, porque mis rodillas no dan para genuflexiones.  Ya tuvimos bastante con el socialista Luis Yáñez, comisario de la Expo 92 de Sevilla, pidiendo perdón por el descubrimiento de América. ¿Perdón? Si nos comparamos con los ingleses en Australia, los belgas en el Congo, los franceses en Argelia, o los americanos con sus indios… no digo que nos tuvieran que poner un altar, pero sí por lo menos palpársela dos veces antes de condenarnos.


Junto a lo reprobable que nadie niega, el legado que dejó España en sus colonias fue inmensamente positivo. Las universidades más antiguas de toda América, para transmitir la cultura más avanzada de su época; leyes emanadas del derecho romano, como las que regían en Castilla; la religión del perdón, de la igualdad y del amor para erradicar el salvajismo; arquitectura de primer orden; organización social como en las reducciones del Paraguay, nunca igualadas después, y una lengua universal que no tiene precio.


Blanco y negro; estupendo y reprobable; pecado y perdón… o sea: nuestra historia. Nosotros, los patriotas, sabemos que la casa España se ha derrumbado mil veces hasta los cimientos; pero que siempre se ha vuelto a levantar y cada vez más estupenda. ¿No fue nuestra generación la que la colocó en el octavo puesto de las potencias del mundo, después de reconstruirla sobre las ruinas de una feroz guerra civil? Así que complejos fuera.


Volvemos a vivir momentos muy difíciles que requieren el esfuerzo patriótico de todos. ¿Se logrará? A eso me refería al proclamar que a los que amamos a España, el caos actual nos resulta tan familiar que estamos seguros de que lo volveremos a superar.

Ignacio de Despujol y Coloma
En Valdemoro, a 14 de octubre de 2015